Tras el comienzo del nuevo siglo, el mundo fue acometido por una ola de movimientos y gobiernos que se ubicaban al lado izquierdo del cuadrante político. Era una época donde lo normal era que un partido de “izquierda” —que se autodenominaba “progresista”— accediera al poder. Lo raro —y hasta peligroso—, entonces, era ver un movimiento político de “derecha” en pleno albor o participando en elecciones.
Casi paralelamente a ésa expansión de “izquierdas”, fueron surgiendo grupos a manera de resistencia a ésas hegemonías que, tras haber disfrutado de las mieles tóxicas del poder (impunidad, violencia, ideologización —o, mejor dicho, idiotización—, rebañización, mesianismo), encrudecieron sus estrategias para seguir encumbrados en lo alto con aquiescencia de las supuestas “mayorías”.
Fue así como lo “raro” y “peligroso” fue ganando terreno, recurriendo a ése desencanto político que germinaba en ciertas porciones sociales, a través de viejos mantras morales, apelando a la frustración creciente por la pérdida de libertades y derechos ocasionada —paradójicamente— por los “progresismos” en ciernes, y logrando una cohesión en un ecosistema insospechado (redes sociales). Las “nuevas derechas” empezaban a tomar posición, a participar en elecciones y —¡sorpresa!— ganarlas. En muchas latitudes, la ola de “izquierda” fue reduciéndose a una ondulación de media intensidad en las aguas políticas geográficamente delimitadas.
La nueva normalidad ya no eran los gobiernos y líderes de “izquierda”. Los “raros”, los “peligrosos” fueron ocupando poder, inclinando el cuadrante político hacia el lado opuesto. En Europa, en Estados Unidos y en Latinoamérica, las “derechas” fueron propagándose, quizá no con el impacto de una ola, más bien como una marea que, a medida que avanza, va ganando espacio, fuerza, y que no parece detenerse.
Recientemente, la marea de las nuevas “derechas” o far-rights (derechas radicales) ha llegado a Alemania. El partido AfD (Alternative für Deutschland) logró un triunfo que solidifica su trascendencia en el panorama político germano. Ya en febrero de 2025, alcanzó algo casi imposible hace dos décadas: consagrarse como la segunda fuerza política en Alemania. El 6 de septiembre pasado, ganó las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt con un contundente 43.8%. Su inmediato seguidor, CDU (Unión Demócrata Cristiana) apenas obtuvo el 17.2%.
Tal ha sido la fuerza de la victoria del AfD que ocasionó un terremoto político en Alemania. El canciller Friedrich Merz declaró estar “conmocionado” porque “no se puede volver a los asuntos cotidianos como si nada”. Tuvo un enfrentamiento verbal en pleno Bundestag con la influyente colíder del AfD, Alice Weidel, tras equipar sus propuestas de “remigración” con una “limpieza étnica” y acusar pretensiones de erosionar las instituciones democráticas del Estado. Weidel respondió con virulencia a Merz: “Entienda el mensaje. Su tiempo expiró. Los ciudadanos quieren un cambio y lo van a conseguir”.
Quienes también tienen alta probabilidad de ver “cambios” o giros hacia la “derecha extrema” son los franceses. El Rassemblement National (RN) de Marine Le Pen es el favorito en las encuestas y ya avizoran su triunfo en las próximas elecciones en Francia. Sus propuestas se enmarcan en el nacionalismo identitario, el conservadurismo y la defensa de la soberanía. En los últimos años, han conseguido apoyo de clases rurales y medias francesas.
Italia ha consolidado ese viraje, en 2022, con la victoria electoral de Giorgia Meloni y la formación de la coalición de “derechas” (Fratelli d’Italia, Liga Norte y Forza Italia). Recientemente, celebró 1.413 días consecutivos en el poder, convirtiéndose en el gobierno más longevo de la historia de un país cuya volatilidad política ha sido su marca distintiva.
Mientras más escándalos suma el gobierno del “resistidor” Pedro Sánchez, la derecha española va creciendo; quizá más la radical, cuyo mayor exponente es el partido Vox (liderado por Santiago Abascal) que la moderada, a cargo del Partido Popular (PP) de Alberto Núñez Feijóo. A pesar de que el PP consigue ganar en elecciones autonómicas —en Andalucía, por ejemplo—, Vox es decisivo en la conformación de gobiernos, además se ha consolidado como la tercera fuerza política española y, elección tras elección, incrementa su caudal electoral.
Dejemos Europa por un rato y volvamos a este lado del mundo. La marea de las far-rights también ha tocado nuestras latitudes. Tenemos a Donald Trump en Estados Unidos, Nayib Bukele en El Salvador, Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador, Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, Abelardo De la Espriella en Colombia. Por obvias razones de extravío ideológico y programático no incluyo a Rodrigo Paz.
De Europa hacia América, las far-rights rechazan unánimemente las agendas de género, la corrección política y la justicia social, que, escudada de “equidad” —ciertamente—, merma derechos de unos en favor de otros. Asimismo, atacan directamente a los populismos “de izquierda” y a los viejos sistemas o “castas” políticas por haber destrozado la “identidad nacional”, empobrecido a la ciudadanía y dejar la soberanía del Estado en indefensión. Por ello, defienden y se revisten de criterios nacionalistas, moralistas y conservadores; un ejemplo es su defensa a ultranza de valores tradicionales (algo rancios para el actual siglo): Dios, familia y patria.
Más allá de las distancias geográficas y diferencias culturales, las coyunturas sociales, políticas, económicas, incluidas las geopolíticas agrupan a todas éstas “extremas derechas” desde diversos tópicos:
La inmigración y la “prioridad nacional” son temas importantes para Trump, Le Pen, Meloni, Vox y AfD. Las expulsiones masivas (remigración) y la defensa de la soberanía nacional son sus propuestas recurrentes. Sólo Trump logró ejecutarlas. A este listado, quizá algo más moderado, se incluye Kast, quien también puso sobre la mesa de discusión la “migración andina” creciente en Chile.
La seguridad, la protección nacional y la “mano dura” a la criminalidad han sido los factores que posibilitaron el crecimiento de las derechas en Latinoamérica, más que en Europa. Bukele, Noboa, Kast, De la Espriella y Fujimori tienen en sus países un crecimiento preocupante del crimen organizado. Esto generó la demanda de radicalidad y punitivismo autoritario por parte de los ciudadanos, lo que coadyuvó sobremanera a que éstos líderes lograran instalarse en el poder.
En el ámbito económico existen ciertos matices. Trump aboga por un proteccionismo industrial americano; Le Pen pretende un Estado benefactor exclusivo para nacionales; Kast, Fujimori, De la Espriella y Milei defienden el libre mercado y el Estado mínimo; Bukele promueve inversiones tecnológicas (Bitcoin) y, paralelamente, una economía centralizada. Weidel y Meloni coinciden en la reducción de impuestos. PP y Vox apoyan un sistema liberal clásico, aunque Vox comparte en cierto grado con el proteccionismo-nacionalista de Le Pen.
A nivel geopolítico y de relaciones internacionales, también hay ciertas diferencias. A pesar de que prácticamente todos los presidentes de la “nueva derecha” latinoamericana integran el Escudo de las Américas junto a Estados Unidos, no todos comparten el rechazo a organismos multilaterales, tal como lo hacen Trump o De la Espriella con, por ejemplo, la Organización de Naciones Unidas o la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En Europa, la mayoría de las far-rights—Le Pen, AfD, Vox— comparten un marcado escepticismo hacia la Unión Europea (UE). El PP es, quizá, el único partido de “derecha” que muestra un apoyo total. Meloni adopta una posición más realista, y aunque no la rechaza, considera necesaria una reforma total de la UE.
El avance de ésa marea es innegable. Ésas “extremas derechas” ya no están tan al extremo del ecosistema político, ya no son unas meras posibilidades o riesgos a evitar. Están presentes y, gracias a las demandas de los ciudadanos, adquieren una fuerza destructiva que amenaza seriamente los pilares de la democracia, construidos a partir de principios y concepciones propios del liberalismo. Sin embargo, el debate no debe centrarse en cómo evitarlas o en asemejarlas con extremismos del pasado siglo. Lamentablemente, es esto lo que están haciendo actores y grupos políticos opositores y/o moderados (de “centro”), medios y la propia ciudadanía.
Tras la victoria del AfD, no han faltado las voces que vaticinan un retorno del nazismo. Hicieron lo mismo con Meloni y el fascismo. Reducir el avance de las far-rights a “retornos” de los totalitarismos del siglo XX o a estructuras de poder “coloniales” o “imperialistas” es analíticamente incorrecto, un intento vano de generar miedo en los electores, más aún cuando éstos son los que alientan, demandan —y eligen en las urnas— partidos y liderazgos con rasgos conservadores, proteccionistas, nacionalistas, populistas y demás matices que devienen en autoritarismos crudos.
Eso, sin embargo, no significa que neguemos los riesgos que constituyen para la calidad y estabilidad de las democracias. Al igual que la ola “de izquierda”, las far-rights no necesitan emular o repetir estrategias del pasado para destrozar las estructuras e instituciones democráticas. Éste es el verdadero riesgo: la erosión gradual de nuestros sistemas políticos y nuestros Estados. Antes a mano de los gobiernos de “izquierda” y pseudoprogresismo; ahora, por gobiernos de “nueva derecha”.
Dicho todo lo anterior, las far-rights que avanzan y ganan terreno no buscan revivir el fascismo, el nazismo, o los nacionalismos del pasado siglo; son realidades políticas coyunturales en ascenso, que surgieron por las crisis sociopolíticas y económicas generadas por los gobiernos y regímenes partidarios de “izquierda”. Decir lo contrario es negar su trascendencia y su legitimidad, tanto política como popular.
Ante esta marea derechosa no tan lejana, conviene que comprendamos la situación en su total dimensión: ni las “izquierdas” pseudoprogresistas ni las far-rights son la solución ni son saludables para nuestras democracias porque ambas comparten materias primas: populismo, caudillismo, polarización. Además, carecen de ideologías sólidas y reniegan aquella que posibilitó el progreso humano. Murray Rothbard, en su ensayo Izquierda y derecha. Perspectivas de libertad, lo expresa brillantemente:
“El Viejo Orden está muerto o moribundo; y los intentos reaccionarios de dirigir una sociedad y una economía modernas mediante varios retrocesos al Antiguo Orden están condenados al fracaso total. El liberalismo creció y se desarrolló como ideología y, liderando y guiando a las masas, hizo la Revolución que cambió el destino del mundo; con su avance monumental, esta revolución transformó la historia de una crónica de estancamiento y despotismo a un movimiento continuo que avanza hacia una verdadera utopía secular de libertad, racionalidad y abundancia”.

