América Yujra – Esos molestos mentirosos

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Alemania, 1933. Ya instalados en el poder, Adolf Hitler y el Partido Nacionalsocialista procedieron a legitimar su dominio, deslegitimizando cualquier oposición o resistencia. Junto a su fiel ministro, Joseph Goebbels, adoptaron medidas para combatir a sus “enemigos”. Uno de ellos, por supuesto, era la molesta prensa independiente, aquella crítica y no genuflexa al nazismo. 

Prensa socialdemócrata, socialista, liberal, burguesa, católica… No importaba. Para el Führer todas eran Lügenpresse (prensa mentirosa). Periodistas, editores, propietarios fueron atacados económica, legal y físicamente. Además de expropiaciones, saqueos, censura de transmisiones, control de contenidos (textos, fotografías y vídeos debían ser aprobados por el Ministerio de Propaganda antes de ser publicados), el régimen utilizó la Ley de Editores (Schriftleitergesetz), dictada en octubre de 1933, para nazificar el trabajo periodístico, convirtiéndolo en una “función estatal” que sólo podían ejercer aquellos periodistas que tenían el certificado “ario” y mostraban lealtad al Tercer Reich.

Muchas décadas después (1999,2000), Vladímir Putin se fijó un objetivo: absorber y destruir la prensa independiente rusa, controlando su línea editorial y sus contenidos. Los periodistas que se oponían o seguían trabajando desde las sombras —lo que para Putin significa “difundir mentiras”—, fueron condenados a 15 años de prisión, otros fueron asesinados. Veintisiete años después, el régimen putinista continúa, así también los mecanismos de control y criminalización del trabajo periodístico —nacional e internacional— que considera “indeseable” y “mentiroso”.

En China, Xi Jinping, continuando las prácticas del Partido Comunista, desmanteló el periodismo independiente desde todos los frentes: adoctrinamiento ideológico comunista obligatorio para todos los periodistas, concentración de la información (a cargo de medios estatales Xinhua y CCTV), denegación de visas a corresponsales extranjeros, bloqueo a medios internacionales (The New York Times, CNN, BBC, Bloomberg, El País, The Guardian) y redes sociales externas (YouTube, Facebook, X, Instagram), encarcelamiento de periodistas y propietarios por “colusión con extranjeros” o atentar la “seguridad nacional”. No sorprende, tras esto, que el régimen de Xi, junto al de Volodya, ocupe un lugar en la lista de países con mayor cantidad de periodistas detenidos. 

Siguiendo esa “tradición” totalitaria, recientemente, Donald Trump prohibió el acceso a CNN, MS Now y Politico a la Casa Blanca. Los acusó, en su red social —irónicamente llamada Truth—, de ser “mentirosos” y difundir fake news. Los tres medios lo demandaron ante una corte federal. El Departamento de Justicia respondió acusándolos de haber publicado “información clasificada” que afecta la “seguridad nacional”. Añadió que el acceso a la Casa Blanca “no es un derecho, sino un privilegio”; por tanto, Trump puede decidir quién ingresa y quién no. 

El juez federal Timothy J. Kelly —designado durante el primer mandato de Trump— determinó, casi 24 horas después de la audiencia, restringir temporalmente la prohibición contra los tres medios, señalando que dicha medida “era probablemente inconstitucional” y que la supuesta afectación a la seguridad nacional no fue comprobada mediante un “debido proceso contra los medios”. Un fallo un tanto soso, pues desvía la atención del verdadero motivo de Trump para revocar las credenciales de prensa. El juez observa la necesidad de un debido proceso para dicha “decisión”, no así la flagrante violación a la libertad de prensa —consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución Americana—, más aún cuando éste derecho tiene plena protección y garantía, tal cual establece la jurisprudencia norteamericana al respecto. Trump ataca a la prensa porque no le gusta que le critiquen y exponga sus malas decisiones que, a todas luces, aíslan cada vez más a Estados Unidos del resto del mundo. Pese a la revocación temporal (sólo por catorce días) del juez Kelly, CNN, MS Now y Politico continúan sin poder hacer cobertura oficial. 

Las comparaciones casi siempre resultan odiosas mas no equivocadas. Hitler, Putin, Xi, Trump y otros autócratas y/o populistas tanto del pasado como del presente han seguido —y siguen— un patrón idéntico de ejercicio arbitrario del poder: 1) eliminar la verdad objetiva, convenciendo a la ciudadanía de que la prensa “miente” y 2) establecer un monopolio de información, desacreditando a los medios independientes y críticos para imponer un aparato propio de información. 

Coinciden también en la narrativa empleada: la prensa es mentirosa; ataca los intereses nacionales; pone en riesgo la “seguridad nacional”; los periodistas y medios deben cumplir determinados requisitos (de forma y fondo) para realizar su trabajo; el ejercicio periodístico no es un derecho, sino una actividad para difundir las informaciones que el gobierno quiera. 

Es de tal trascendencia la labor periodística —cuando es seria y responsable— que ésas execrables restricciones y acusaciones infundadas no sólo son propias de sujetos despreciables como los mencionados precedentemente. Líderes y/o gobernantes que se autodenominan “demócratas” también tienden a señalar a la prensa cuando ésta expone sus miserias, su incapacidad o aquello que mantienen en las sombras. Ya que Rodrigo Paz anda con nostalgia electoral, conviene recordar que entonces se mostró muy proclive a “regular y redefinir el rol de los medios”, porque “mienten”. Edmand Lara no se quedó atrás: “no hagan caso a los medios”, dijo. ¿Habrán cambiado de opinión los actuales —y por ahora— gobernantes? Dadas sus actitudes, las de sus ministros (incluido el vocero) y parlamentarios con determinados medios y periodistas, en absoluto.

Pese a todo lo hasta aquí vertido, habrá que reconocer que el trabajo periodístico, para subsistir en medio de delirios mesiánicos y sobredosis de hybris (poder), ha mermado su ética, alejándose de su verdadero deber frente al poder y hacia la ciudadanía. Es casi imposible una imparcialidad plena en medios y periodistas. Como cualquier mortal, todos tendemos a alinearnos a ideologías, arquetipos y sesgos mentales específicos. Y no está mal. Es parte de nuestra construcción personal (personalidad) y profesional. El problema surge cuando el periodismo se distorsiona, debido a que esas inclinaciones subjetivas se exacerban y convierten en fanatismo, lo que, a la vez, convierte al periodismo en militante. Ésta es la prensa que daña las libertades y derechos, la seguridad, la democracia. 

El periodismo militante muestra dos vertientes: una de defensa (u obsecuencia) al gobierno, que engrandece hasta el más mínimo acto de “gestión”, que edulcora los discursos presidenciales y de los funcionarios gubernamentales. Y otra de oposición a ultranza, de marcado rechazo al gobierno, que no pierde oportunidad para atacarlo con o sin evidencias fácticas. 

Cualquiera de ésas vertientes no puede ser llamado verdadero periodismo, y aunque no pueda censurarse, al menos debería ser sometido a un tamiz ético del gremio y un entendimiento responsable-racional por parte de la ciudadanía. Por lo mismo, ningún gobernante —democrático, dictador, populista— puede erogarse la atribución de censurar medios, desplazarlos y menos sancionarlos.

El inolvidable Ryszard Kapuscinski dijo: “el verdadero periodismo es intencional, se fija un objetivo por el que luchar”. Así pues, ante las constantes —y en preocupante aumento— ataques a la prensa, toca repensar cuáles son las intenciones a seguir en el ejercicio periodístico, a fin de encausarlo hacia su real intención: vigilar/exponer al poder y coadyuvar en la construcción de una opinión pública racional. Y aquella prensa que no desvió el camino debe resistir las afrentas que recibe. Ningún régimen es eterno. A fin de cuentas, los “mentirosos” no son —ni deben ser— los medios ni los periodistas; quienes los atacan, prohíben, castigan por decir o mostrar verdades incómodas son —y serán— los únicos mentirosos. 

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