América Yujra – El germen liberal

1165 views
15 mins read

De entre todas las doctrinas filosóficas y políticas, una ha estado presente en casi gran parte de los estadios de la historia humana. Dentro del mapa político, ha viajado de izquierda a derecha, o al centro, de vez en cuando. Con tan amplia cronología y profunda complejidad, definirla en un solo sentido sería errado y oprobioso.

Justamente, ésa doctrina ha vuelto a la palestra gracias a un personaje que, el pasado 19 de noviembre, sorprendió al mundo: Javier Milei, presidente electo de Argentina.

De sus polémicas propuestas electorales se ha escrito y hablado bastante. No es mi intención profundizar en ellas. Tampoco pretendo analizar los efectos que traerán a nuestro país; primero, porque no considero correcto hacer predicciones con algo que aún no ha iniciado formalmente (el nuevo gobierno comienza el 10 de diciembre próximo); y segundo, el mensaje que Milei ha usado desde el momento en que pisó el estudio de Intratables —ese bizarro programa de análisis político— me parece más importante.

“(…) el liberalismo ha ganado el debate. Ha vuelto el liberalismo al centro de la escena. Hasta hace poco, ser liberal era sinónimo de vergüenza, y hoy estamos con la frente en alto y orgullosos de ser liberales”. Algunas de las palabras que Milei dijo el 14 de noviembre de 2021, luego de su primera victoria electoral (elegido como diputado nacional y su partido, La Libertad Avanza, consagrado como tercera fuerza de la ciudad de Buenos Aires). Tres años después, están más vigentes que en ése entonces.

“Liberalismo” y “liberal”. Dos términos que, durante muchísimos años, han sido reducidos a sinónimos de “capitalismo” y “egoísmo”, a calificativos despectivos, a malas y prohibidas palabras. La doctrina que ha caminado junto al hombre desde su reconocimiento como ser racional y social, y la libertad, valor esencial del ser humano, fueron víctimas de miopías ideológicas, propias sólo de las ignorancias más peligrosas.

Corresponde, pues, reparar tales daños. Empezando por entender qué es la libertad, qué es el liberalismo y qué ha traído consigo.

La libertad debe entenderse desde dos aristas: primero, libertad (negativa) para hacer, decir y actuar sin interferencias externas; segundo, libertad (positiva) para desarrollar autonomía e independencia individuales y elegir planes de vida, sin que ello signifique afectar las libertades y proyectos de otros.

Ya los primeros filósofos liberales —Kant, Benjamin Constant, John Stuart Mill— habían identificado que la libertad (en sus dos ámbitos) puede ser dañada por externos: grupos sociales (tanto élites como “mayorías”) y por el poder estatal, principalmente.

Con lo último, el origen que Thomas Hobbes identificó sobre la creación del Estado cambió de fuente: ya no era un temor frente a lo que un hombre pueda hacerle a otro, sino a lo que el Poder pueda provocar en cada miembro social.

Precisamente, ése “miedo” fue el germen que dio vida al liberalismo, cuyo objetivo es frenar o reducir la intervención del Estado en la vida humana, para permitir el desarrollo individual y evitar el daño que un poder ilimitado y perverso puede ocasionar a la libertad.

Con esas premisas, la teórica política Judith Shklar esbozó su “liberalismo del miedo”. Más allá de los fines ideales que los teóricos clásicos veían en el liberalismo (desarrollo de la independencia y autonomía interna del hombre, sobre todo), Shklar entiende que el liberalismo tiene una función negativa: debe servir para liberar al hombre de cualquier coacción externa (política o social) que le impida desarrollar su proyecto de vida.

Shklar vio que el miedo le impide al individuo ejercer su libertad. En las sociedades modernas, le hace desconfiar de las instituciones estatales, incluso de la sociedad misma. En consecuencia, el individuo se retrae y no avanza; en efecto dominó, tampoco desarrollan las sociedades. El liberalismo, entonces, se constituye en la respuesta frente al miedo y la pérdida de confianza.

¿Cómo frenar a ése ente arbitrario y omnipotente? Shklar estableció una correlación de acciones: impersonalizar, limitar y dispersar el poder. Esto sólo puede ser posible recurriendo a las instituciones que el liberalismo clásico proporcionó a la democracia: división de poderes, Estado de Derecho (gobierno de leyes, no de hombres), contrapoderes o vigilancia a las instituciones constituidas, representación política efectiva y reconocimiento de derechos individuales.

Al Estado se le dio poder para organizarse, garantizar la convivencia entre hombres y castigar la desobediencia de las reglas establecidas. Frente a la maquinaria estatal, el individuo tiene tres armas: su vida, su libertad y su propiedad. Éstas, a la vez, son las barreras que el Poder debe proteger y respetar.

La expansión de un Estado, más allá de sus atribuciones centrales, ha encasillado al individuo en un “molde” único, ya sea filosófico, político o económico. Se le obligó a pensar sólo en el “todo”, haciéndole olvidar que lo interno es más importante que lo externo. El individuo es parte de la sociedad, su existencia no está al margen de ella; pero sin el individuo, la sociedad no existiría. Entonces, sólo a través de la particularidad puede pensarse —y construirse— una buena colectividad.

La propiedad, una de las tres armas del hombre frente al Estado, agregó un ingrediente importante (mas no determinante) al liberalismo: la economía.

Shklar defendió el liberalismo político y lo antepuso al económico. A diferencia de Friedrich Hayek, vio que puede prescindir de la economía para desarrollarse como teoría política. Además, en temas de propiedad y reglas del mercado, sólo el Estado puede establecer líneas entre lo privado y lo público. Ésta limitación siempre responde a una decisión política antes que a una proveniente de la teoría económica. Sin embargo, no es un justificativo válido para ninguna ampliación arbitraria de intervención estatal.

El liberalismo económico no es una garantía única para la libertad humana. También puede degenerarse y tornarse abusivo, principalmente porque el mercado es una creación artificial. En consecuencia, requiere ser limitado, controlado; y sólo puede hacerlo un ente externo.

El liberalismo, independientemente de sus variantes (político, económico) y sus corrientes modernas (libertarismo, objetivismo, por ejemplo) tendrá una esencia liberal inmutable: defender el ejercicio de la libertad y de los derechos individuales frente a cualquier gobierno, colectivo o poder, sin causar daño o perjudicar ni la libertad ni los proyectos de vida de otros.

Entonces, el Estado no puede actuar como un ente represor o ideologizador, no debe restringir ni obstaculizar vida individual alguna. Las sociedades actuales requieren de un Estado mínimo, pero eficiente; que le permita al ciudadano pensar, actuar, expresarse y vivir libremente, con justicia y seguridad.

Ahora bien, ¿qué nos exhorta el liberalismo?

Sus ideas y postulados requieren liberales: ciudadanos que entienden los alcances de la libertad, su implicancia con el desarrollo (individual, primero; y luego colectivo) y la convivencia social; que saben identificar los rasgos de un poder perverso y lo enfrentan.

La libertad demanda ciudadanos comprometidos con ella: atentos a cualquier acción u omisión estatal que pretenda dañarla o ponerla en peligro; aprestos a defenderla, incluso de ellos mismos; y que no pactan libertades a favor de un poder autoritario o totalitario.

Asimismo, los verdaderos liberales se oponen a cualquier sistema que pretenda imponer creencias, ideologías o formas de vida. Se alejan de los conservadores que pretenden mantener vigentes lineamientos morales ya caducos para las sociedades modernas, puesto que privilegian las ideas de élites y opresión basadas en prejuicios y concentración de poder.

La mayoría de los proyectos políticos (en curso y/o elaboración) de la región, sobre todo aquellos que se autodenominan “progresistas” o “de izquierda”, tienen fines totalitarios. No es de extrañar que detesten tanto al liberalismo, o que tachen de “peligroso” a cualquier persona que grite ¡libertad!

La elección que hicieron 14.476.462 (55,69%) de argentinos muestra dos cosas: el repudio a uno de los proyectos populistas más largos de Sudamérica (peronismo-kirchnerismo) y el nacimiento de una nueva era, propiciada por el germen liberal.

En nuestro país, los análisis se centraron en buscar al “Milei boliviano”. Si éste es el camino que tomarán los partidos opositores, llegarán derrotados a las elecciones de 2025. Quizá nuestra realidad no es del todo equiparable a la argentina, pero nuestro futuro, de seguir este status quo azul, se divisa tan aciago como el de nuestros vecinos.

Los 17 años del masismo sirvieron para eliminar cualquier manifestación de identidad individual o colectiva, sea política, ideológica o económica. Se ha encargado de establecer una agenda que lo único que posibilitó fue la restricción de libertades básicas (expresión, protesta, reunión, información). En el ámbito económico, no se ha permitido la inversión privada, menos se ha promovido la comunitaria. Dos estudios recientes (Fundación Heritage y Freedom House) dan cuenta que en Bolivia ni se promueve ni garantiza la libertad económica, porque se ha preferido expandir la incidencia del Estado antes que hacerlo más eficiente; se ha antepuesto el gasto sobre la inversión pública; se han cerrado las puertas a las empresas privadas y las han abierto a las estatales, aún si éstas ya lleven el rótulo de “quebradas” desde su creación.

El masismo ha provocado muchos daños en Bolivia. El peor de todos es el adormecimiento al que ha sometido a muchos ciudadanos para hacerles creer que está bien ceder libertades a cambio de turbios beneficios; que está bien vivir a expensas de un Estado sobredimensionado, paternalista; que está bien violar la ley y desmantelar instituciones de contrapoder.

Javier Milei, en su discurso del pasado 19 de noviembre, repitió muchas veces: “el futuro (en Argentina) es liberal”. El nuestro también debería serlo. Por eso, debemos abrazar las ideas del liberalismo, porque sólo a través de él son posibles nuevos y mejores Estados: comprometidos con la dignidad y libertad humanas; minárquicos y eficientes; con gobiernos limitados, mercados libres y desarrollo humano; respetuosos de los proyectos de vida de cada uno de sus ciudadanos; y garantes de una vida social segura y justa. ¿No es esto mucho mejor que el “Proceso de Cambio”?

Dejemos que el germen liberal surja entre nosotros; no hay nada más trascendental que la libertad, pues —parafraseando a Ayn Rand—es nuestro tesoro más grande.

América Yujra es abogada

Facebook Comments

Latest from Blog