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Opinión

Artabán

La columna rota

Por: Ana Rosa López Villegas*

Uno de los grandes misterios de la navidad y uno de los más apasionantes sigue siendo la posible existencia de un cuarto rey mago que, según la leyenda, nunca llegó a encontrarse con los otros tres para seguir camino a Belén. La estrella que los guiaba debía conducirlos a los cuatro hasta el humilde portal en el que yacía en pañales el salvador del mundo, el pequeño Jesús.

Según las historias que se han escrito sobre el cuarto rey mago, su nombre era Artabán e igual que Gaspar, Melchor y Baltasar, iba cargado con hermosos regalos y joyas preciosas para entregar al Niño Dios y adorarle. Todos ellos sabían que se trataba de un niño especial y que marcaría el destino de los hombres sobre la Tierra.
Uno de los textos más antiguos sobre el cuarto rey mayo es el que escribió el teólogo presbiteriano estadounidense Henry van Dyke (1852-1933). Artabán es un personaje de su cuento navideño llamado en inglés The Other Wise Man (El otro rey mago) y fue escrito en 1896. Según este relato, Artabán era el cuarto Rey Mago que encaminó sus pasos hacia Occidente en busca del Niño Jesús y siempre guiado por la estrella de Belén.

El escritor de cuentos infantiles de origen alemán, Willi Fährmann (1929 – 2017) también le dedicó uno de sus cuentos a la historia del cuarto mago y fue traducido al español simplemente como El Cuarto Rey. En esta historia, Fährmann cuenta sobre Silver Moon, el jefe indio de la lejana América, que también sale y sigue a la estrella brillante a través de las montañas y los mares. Una versión muy original si la comparamos con las que ya conocemos sobre los reyes magos.

En otros textos se narra que los cuatro Reyes Magos habían fijado como punto de encuentro el zigurat (templo) de Borsippa, en la antigua Mesopotamia. Desde allí partirían todos juntos para llegar a Belén. Artabán partió con un diamante de la isla de Méroe, un jaspe de Chipre y un rubí de las Sirtes, obsequios que había elegido para entregarle a Jesús. Sin embargo, en el camino encontró un anciano moribundo y medio desnudo al que habían asaltado unos bandidos. Artabán tuvo piedad de aquel hombre, curó sus heridas y le entregó una de las joyas preciosas que llevaba para socorrer sus necesidades. Debido a esta demora en su viaje, al llegar al punto de encuentro en Borsippa Melchor, Gaspar y Baltasar ya se habían marchado, así que no tuvo más remedio que emprender el viaje en solitario. Desafortunadamente no solo nunca encontró a los otros, sino que al llegar a Jerusalén fue testigo de la horrorosa matanza de recién nacidos que había ordenado el rey Herodes durante aquel tiempo y cuyo objetivo era liquidar al niño que un día sería rey. Según cuenta la historia, Artabán logró detener a uno de los soldados que estaba a punto de matar a un niño y a cambio le ofreció otro de los diamantes que llevaba consigo. Pero la suerte no lo acompañaba y debido a aquel acto lo apresaron y encerraron en una cárcel de Jerusalén. 30 años pasó en prisión y cuando por fin logró su libertad, se enteró de los prodigios y de los milagros que había hecho al que llamaban el Mesías, el rey de los judíos, el Rey de Reyes, el mismo al que nunca pudo visitar en el pesebre de Belén.

Artabán decidió que no había tiempo que perder y tras seguir los pasos de Jesús, supo que éste iba ya camino al monte Gólgota donde iba a ser crucificado. El cuarto rey mago emprendió la marcha hacia el monte y mientras pasaba por un mercado vio que una joven iba a ser subastada para saldar las deudas su padre. Nuevamente sintió piedad y con el último regalo que le quedaba, un trozo de Jaspe, compró la libertad de aquella hija y se la entregó a su progenitor.

Cuando finalmente el anciano rey mago llegó al Gólgota Jesucristo agonizaba en la cruz, entonces el llanto le anegó los ojos y la tristeza invadió su alma y su corazón, no tenía consuelo. Se arrodilló y pidió perdón por no haber podido cumplir su misión, pero en ese mismo instante una voz comenzó a resonar en su cabeza y le decía: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”. Artabán se quedó asombrado y le preguntó a esa voz interior: “¿Cuándo hice yo esas cosas?”, y la voz le contestó: “Lo hiciste por tus hermanos así que lo hiciste por mí”. Artabán murió allí mismo acompañando a Cristo y con la certeza de haber cumplido con su destino.

Hay muchas enseñanzas que se pueden sacar de esta historia, una de mis favoritas de estas fiestas. La primera es que seguir a Cristo no es fácil y es una decisión personal que requiere de perseverancia y de fe. La segunda, es que en la actitud y en la entrega incondicional de Artabán hacia su prójimo solo puedo ver el reflejo de todos los corazones, las manos y los esfuerzos del personal de salud del mundo entero. Médicos y enfermeras que no solo hicieron de escudos humanos para proteger a los pacientes del virus, sino que entregaron su propia vida en el camino, dejando incluso a sus propias familias en orfandad y que así cumplieron también un destino. Vaya para ellos mi profunda admiración, mi respeto y mi agradecimiento. Que esta Navidad todos seamos capaces de rescatar el Artabán que llevamos dentro y hagamos de este mundo tan disparatado un lugar mejor para vivir y para amar. ¡Feliz Navidad!

*Ana Rosa López Villegas es comunicadora social
Twitter: @mivozmipalabra

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