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Natalio Vela Santander tenía 18 años cuando sufrió tres descargas de trueno en su cuerpo. La primera lo desparramó en varios pedazos, la segunda volvió a armarlo como si fuera un rompecabezas y la tercera lo devolvió la vida. Cuando despertó lo primero que sintió fue un intenso olor a hierro candente a su alrededor. Sobrevivió a la tempestad porque nadie lo vio. Si un solo ojo hubiera presenciado el hecho, hubiera muerto.
Lo último que recuerda es que aquella tarde, al ver densas nubes negras y fuertes descargas eléctricas, fue a recoger a las vacas que estaban pastando. No era la primera vez que caminaba bajo los flashes que disparaba el cielo encapotado; pero era la primera vez que había soñado, aquella madrugada, que se abrían unos ojos alrededor de su cabeza y era un naciente árbol de molle elegido por un ser desconocido.
Durante una semana estuvo encerrado en la habitación de un calvario en la compañía del Tata Santiago. Cuando recobró la conciencia no sabía cuánto tiempo había pasado ni cómo había llegado ahí. Pero su memoria guardaba unas imágenes en las que se veía caminando con una vela encendida en una mano sobre una senda bordeada de árboles de molle, sauce, flores amarillas de suncho y blancas de dalia. Le agobiaba no saber a dónde iba ni quien le llamaba. Pensó que había muerto y que lo llevaban a enterrar, pero le desesperaba que no lleguen al cementerio.
Cinco días después (su madre le contó el tiempo de su ausencia) llegó a un río donde había briosos caballos y mulas bebiendo agua. Montó sobre un alazán y cuando iba a cruzar, una voz sobrecogedora le dijo que “su día” no había llegado todavía y que debía volver a ver “el día” que otros iban a cruzar el río de aguas cristalinas o a ayudar a algunos para que no les llegue “el día” tan pronto. Abrió los ojos asustado y lo primero que vio fue al Tata Santiago montado en su caballo blanco; inmediatamente sus manos palparon cada parte de su cuerpo y todo estaba en su lugar. Pero no sabía dónde estaba, si en éste u otro mundo. Pese a su debilidad pudo ponerse de pie y abrir la puerta de la habitación del calvario.
“¡Rijcharin, rijcharin! (despertó, despertó)”, salió disparado el niño hacia el pueblo. Su madre, sus amigos lo veían como a un resucitado. Durante un mes caminó como un sonámbulo y se enteró sobre lo que le había pasado. Recién entonces se explicó la causa de la cicatriz que le había aparecido en la parte inferior de la espalda. Otra persona que había tenido la misma suerte le dijo que había sido elegido para ser yatiri.
Su juventud se rebeló contra el destino. Él no había elegido, lo habían elegido. Decía que soñaba cosas extrañas, que reconocía a la gente que había perdido el ánimo y dialogaba en clave secreta con las divinidades de la naturaleza. Había momentos en que las visiones lo enloquecían e intentaba ahogarlas en el alcohol. Su vida había dado un giro de 180 grados y sentía que era invivible, entonces pensó en partir de este mundo.
“Ama waway, Dios ajllasunqui, pay munaskjan kanayquitiyan (Dios te ha escogido y debes ser lo que Él quiere)”. Entonces aceptó leer la coca sobre cosas inexplicables. Aceptó que su sabiduría estaba en el mundo de la metafísica.
Natalio leía la coca para conocer las desconocidas leyes de la naturaleza y no las conocidas leyes del derecho positivo. Era un sabio porque distinguía las fronteras de las ciencias. ¿Cómo me va a ir en el colegio? le pregunté un día. “Si estudias, bien; si no, mal. Puedo ver algo que tú no controlas o no depende de vos, pero no lo que está en tus manos”, me respondió.
Nunca cobró un solo centavo por lo que hacía. La gente agradecida le pagaba su voluntad. Sentía que era solo un médium y que el yatiri no puede enriquecerse con la desgracia de la gente. Era un sabio y veía lo que el resto no podía. Cruzó las aguas cristalinas de aquel río sobre aquel alazán que montó aquella vez el día y la hora que había pronosticado un año antes en la coca.

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