Los “dulces” de la Jindal

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Durante los tiempos de la capitalización, el Nóbel de Economía, Joseph Stiglitz, describió el ambicioso brillo de los ojos de funcionarios de gobiernos latinoamericanos cuando se hablaba de las millonarias comisiones que iban a recibir por la rifa de las empresas estatales. En otras palabras, contó cómo se embolsillaron el interés nacional en nombre de millones de personas que edificaron su patrimonio en años de trabajo.
Recientemente, Sergio Alandia Viscarra (Presidente de la Empresa Siderúrgica del Mutún) sorprendió al país con una denuncia de intento de soborno a su persona de parte de la transnacional india Jindal Steel & Power Limited, que se adjudicó el derecho de explotar parte de los yacimientos de hierro del mutún. Alandia hizo una acrobacia lingüística para no llamar el hecho corrupción, del cual fue testigo y prefirió describirlo como un ensayo de “endulzarme la boca”.
El mensaje comenzó a causar los efectos que tal vez no quería el mensajero o que en realidad sí quería en su fuero íntimo, pero no en su ser público para cuidar eso que llaman formas. Pues, apenas hizo la denuncia, las preguntas comenzaron a ser la fuente disparadora de diálogos, dudas y sospechas: ¿Por qué lanza la denuncia en este momento en el que la agenda pública está deshierrada? ¿Cuál su intención? ¿Quiere que se vaya del país la Jindal? ¿Sabe algo más y no quiere decirlo? ¿Lo dirá más adelante?
Dudo, luego existo es la frase cartesiana que resume ahora mismo el sentimiento social y periodístico después de haber escuchado a Alandia, quien dice que no aceptó el dulce indio y pasó la prueba, pero… ¿qué tal si un ministro acepto endulzarse para quitarse el mal sabor de ganar poco y trabajar mucho (como se quejan unos a quienes conozco)? ¿Soy un mal pensado? Tal vez. Pero, los malos pensamientos llevan a descubrir las buenísimas intenciones de autoridades que tienen excelentes palabras públicas, pero malos actos privados.
Las declaraciones de Alandia han cumplido su función política (si esa era su intención): despertar sospechas y buscar los ojos de autoridades, ministros, viceministros, funcionarios de la ESM, cívicos, para mirarlos de frente y descubrir si algunos de ellos han recibido los dulces de la casta india. Si se lo han ofrecido, nada más ni nada menos que al presidente de la ESM, ¿por qué no a otros funcionarios de gobierno? ¿Y si éstos o aquellos han aceptado? ¿Sigo pensando mal? Sí, pero lo hago por el bien del país (perdón por arrogarme la representación sin haber sido elegido ni siquiera por mi familia), pues, lo peor que nos puede pasar es reproducir los ojos brillantes y el refrote de manos angurrientas de la era de la capitalización. No se trata de un negocio de una quinta, sino de los sagrados y millonarios recursos naturales que nos da la Pachamama.
Ante semejante denuncia es hora de que entre en escena, Nardy Suxo, ministra de Transparencia y Lucha Contra la Corrupción, y comience a indagar entre las amistades institucionales de la Jindall para despejar cualquier sospecha y terminar de desenredar el misterio que no termina de develarnos Alandia. Obviamente, también debe aparecer en este teatro de operaciones el Ministerio Público en defensa de la sociedad, que por ahora tiene la duda incluso sobre la defensa cerrada que asumieron algunos cívicos y autoridades en favor de la transnacional.
Un representante de la Jindal aseguró que nunca hubo un intento de coima. Si fuera así, ¿cuál la razón que lleva a Alandia a hacer la denuncia? Lo hizo, ¿sólo por salir en los noticieros? ¿O es el principio del dulce que nos puede amargar otra vez el proceso de cambio?

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