Cuando estaban en las postales con sus rostros ajados, sus trajes típicos, aguayos multicolores y sus ojotas de goma; o aparecían interpretando sus instrumentos y bailando sus danzas, eran indios simpáticos, indias agradables, a quienes había que exponerles en las vitrinas de los aeropuertos o terminales de buses para atraer a los turistas. Cuando salieron de esos cuadros ornamentales y se hicieron de carne y hueso y decidieron hacer política con opción de toma de poder, se convirtieron en atrevidos y peligrosas.
Eran apreciados y fotografiados en su dimensión de papel, pero despreciados en su versión real a través de construcciones lingüísticas armadas para trocar la verdad. Las minorías dominantes eran de “buena familia”, los mamanis, los changaray, condoris, quinquibys, quispes, aruquipas, tabanuts, por lógica consecuencia, eran de “mala familia”.
Los colonizaron al extremo que ellos y ellas mismas se creían inferiores y rezaban a Dios para que el niño que venía en camino sea “blanconcito” y que la niña a punto de nacer ojalá tenga algunas facciones arias para no ser tratada como una “imilla”. Las cholas se consideraban predestinadas a ser empleadas, vendedoras de mercados, y el insulto más utilizado contra la persona que discutía gritando y sin razonar era: “pareces qjhatera”; y la subían un peldaño llamándola birlocha. Llegar a ser ministras, embajadoras, jamás, ni pensarlo, esos espacios estaban reservados para gente de “buena presencia”; las discriminadas eran de “mala presencia” porque vestían con sus polleras, chompas o pantalones fuera del mundo de la moda “chic” o sencillamente tenían marcados rasgos indígenas.
Cuando el primer indio llegó al Congreso y la primera chola se sentó en un curul, los de “buena familia” les dieron la bienvenida con una reforma a la Constitución: Bolivia, país pluri-multi. Gran apertura, gracias a los izquierdistas de “profesión”. Cuando los indios y las cholas se multiplicaron y llegaron en masa a los espacios de poder, esos mismos progresistas de oficina los llamaron “incultos”, “atrevidos”, “racistas” (¡qué ironía!) y mandaron a apalearlos en las plazas y en las calles con gente de su propio color.
A la colonización mental se sumó la colonización geográfica: imposible entrar a la Cancillería, a la academia diplomática, a los espacios de “cultura” y de intelectualidad, porque el “derecho de admisión” estaba en poder de la minoría de “buena presencia”, cuyos célebres representantes todavía escriben prospectos para ingresar al Ejército, la Fuerza Naval o la Fuerza Aérea, definiendo rasgos físicos específicos; los que no cumplen esos requisitos “raciales” van a la tropa en calidad de sargentos y máximo llegan hasta suboficiales, así sean los mejores.
Los “progres” del neoliberalismo, cuyas esposas llaman aún “hija” a la trabajadora del hogar, estaban con los excluidos hasta que éstos se sentaron en la misma mesa, les miraron de frente y a los ojos y les dijeron que ellos también querían compartir sus saberes y conocimientos. El capacitado quería ser profesor de su capacitador, éste le miró con sigilo y desconfianza, saltó a la derecha y se volvió “conservador” desde donde hoy lo llama “discriminador”.
La Ley contra el Racismo no erradicará estas operaciones lingüísticas de una noche a la mañana, pero al menos los despojará del sentido semántico que tenían, al extremo de crear la realidad desde la palabra. Y a los indígena-originarios los sacará de las postales para ponerlos en las mismas condiciones que los otros y otras, quienes, no tendrán más opción que aceptar su innata igualdad y su irremediable libertad para defenderse ante un posible “racismo a la inversa”.
Las palabras del racismo
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