La desesperación económica convierte a jóvenes bolivianos en blanco de presuntas redes de reclutamiento para el conflicto entre Rusia y Ucrania.
No comenzaron buscando una guerra, comenzaron buscando un empleo. Algunos respondieron un mensaje de WhatsApp. Otros escucharon la oferta de un conocido. Les prometieron trabajo como albañiles, conductores, cocineros o personal de logística en Rusia. Les hablaron de salarios imposibles para la realidad boliviana: hasta 20.000 dólares por contratos y sueldos mensuales cercanos a los 3.000 dólares.
En un país donde miles de jóvenes sobreviven entre el desempleo, la informalidad y la migración, aquella promesa parecía la puerta de salida.
Pero, según las investigaciones abiertas en Bolivia y las denuncias internacionales, para algunos el destino no era una obra de construcción, era una trinchera. El uniforme de trabajador terminó convirtiéndose en uniforme militar.
El precio de la esperanza
La historia se repite en los testimonios de las familias. Un joven boliviano habría aceptado una oferta para realizar «trabajos de logística» durante la guerra. Según sus familiares, nunca le dijeron que terminaría combatiendo.
Otros recibieron ofertas similares para desempeñarse como albañiles, plomeros o cocineros. La promesa era sencilla: viajar gratis, recibir alojamiento, ganar en pocos meses lo que en Bolivia demandaría años de trabajo.
Para familias golpeadas por la crisis económica, la propuesta parecía demasiado buena como para rechazarla. Esas mismas familias buscan ahora desesperadamente noticias de sus hijos.
“Ellos pagaron todo”
Las denuncias revelan un patrón inquietante. Una familiar de uno de los bolivianos trasladados a Rusia asegura que, una vez llegados al país, les retienen los pasaportes.
Quien intenta regresar debe devolver el dinero invertido en pasajes, exámenes médicos, trámites migratorios y documentación. «Ellos pagaron todo. Nosotros no teníamos recursos ni siquiera para sacar el pasaporte», contó.
La deuda se convierte entonces en una forma de control; y el viaje laboral termina pareciéndose cada vez más a un camino sin retorno.
«Los cuerpos se quedaron allá»
La guerra suele esconder la muerte detrás de estadísticas, pero un audio rompe esa distancia. Una esposa recibió una llamada entre el 27 y el 28 de junio. Del otro lado hablaba un hombre que se identificó como el segundo comandante de su esposo. No hubo palabras diplomáticas. Solo una frase brutal: «Los cuerpos se quedaron por allá… se mueren y nadie los rescata… son demasiados muertos».
En las guerras modernas, incluso recuperar a los muertos puede convertirse en un privilegio imposible.
La Fiscalía comienza a seguir las huellas
Las denuncias ya llegaron al Ministerio Público. El fiscal general del Estado, Roger Mariaca, confirmó la apertura de investigaciones de oficio sobre el presunto reclutamiento de bolivianos mediante engaños.
En Santa Cruz, la Fiscalía abrió dos procesos por presuntos delitos de trata y tráfico de personas con fines de reclutamiento para conflictos armados.
La fiscal superior en Delitos de Vida, Alejandra Rocha, declaró a radio Fides que inicialmente existen seis presuntas víctimas cuyas familias ya prestaron declaraciones.
Las evidencias incluyen capturas de conversaciones por WhatsApp, fotografías con ropa militar y documentación entregada por los familiares.
La investigación también intenta reconstruir las rutas migratorias, revisar movimientos financieros mediante la ASFI, solicitar cooperación internacional y realizar ciberpatrullaje para identificar a quienes contactaban a las víctimas.
La principal hipótesis es trata de personas con fines de participación en conflictos armados.
¿Quién los recluta?
Las respuestas todavía son incompletas. El secretario de Seguridad Ciudadana de la Gobernación de Santa Cruz, coronel Jorge Santistevan, dijo a El Deber que detrás existiría una asociación delictiva que operaría mediante intermediarios.
Según afirmó, captarían jóvenes mediante falsas ofertas laborales para posteriormente enviarlos al conflicto.
Asegura que buscan hombres jóvenes, físicamente aptos y con capacidad para soportar las exigencias del combate. Sus declaraciones forman parte de una investigación que todavía se encuentra en desarrollo.
Rusia niega participación
Mientras Bolivia investiga, Moscú rechaza cualquier responsabilidad. El embajador de Rusia en Bolivia, Dmitry Verchenko, afirmó que su representación diplomática no participa en ningún proceso de reclutamiento.
«No sabemos nada de este sistema de reclutación. La embajada no está involucrada absolutamente.»
También sostuvo que desconoce si existen bolivianos combatiendo en el conflicto y señaló que cualquier información corresponde ser solicitada a los ministerios competentes de Rusia.
Para el diplomático, quienes participan en la guerra por dinero son mercenarios que existen «en todo el mundo».
Ucrania responde con dureza
La reacción de la Embajada de Ucrania en Brasil, concurrente para Bolivia, fue inmediata. Acusó a la representación rusa de difundir información sin sustento al afirmar que numerosos bolivianos habrían muerto combatiendo del lado ucraniano.
Según Kiev, hasta la fecha no existe información confirmada sobre ciudadanos bolivianos fallecidos sirviendo en las Fuerzas Armadas de Ucrania.
La representación diplomática fue más allá, acusó al Kremlin de utilizar mecanismos de engaño para captar ciudadanos extranjeros mediante falsas ofertas laborales en construcción, industrias o servicios, y posteriormente incorporarlos al ejército ruso.
También denunció presiones contra trabajadores extranjeros y estudiantes para obligarlos a firmar contratos militares.
Como medida preventiva pidió a los ciudadanos bolivianos desconfiar de ofertas de empleo y estudios en Rusia relacionadas con esos sectores, advirtiendo sobre el riesgo de convertirse en víctimas de fraude y reclutamiento forzoso.
Un fenómeno que ya golpeó a otros países
Lo que hoy investiga Bolivia ya dejó huellas en otros lugares de América Latina.
En Perú, el abogado Marcelo Tataje, representante de familias afectadas, estima que entre 2.000 y 2.500 ciudadanos habrían sido captados mediante falsas ofertas laborales.
Según explicó a ERBOL, los reclutados viajaban desde Colombia pasando por Turquía antes de ingresar a Rusia, donde firmaban contratos.
Hasta ahora apenas 18 lograron regresar. Decenas de familias siguen esperando noticias de hijos, hermanos y esposos. Otras intentan recuperar cuerpos que nunca volvieron.
La nueva cara del mercenarismo
Durante siglos, el mercenario era un soldado que elegía combatir por dinero. Hoy esa definición parece insuficiente. Las investigaciones abiertas en Bolivia apuntan a un fenómeno diferente. No son necesariamente hombres que buscan la guerra, sino hombres que buscan trabajo.
La diferencia es enorme porque cuando el hambre empuja y el desempleo cierra todas las puertas, la libertad para elegir comienza a desaparecer.
La guerra también recluta pobreza
La guerra entre Rusia y Ucrania, que comenzó en 2022, se libra a más de 13.000 kilómetros de Bolivia. Sin embargo, sus consecuencias parecen haber encontrado un puente inesperado hacia Sudamérica: la vulnerabilidad económica.
La crisis convierte un mensaje de WhatsApp en una oportunidad. Una promesa de salario en una esperanza. Un pasaporte en una apuesta. Y, en los peores casos, una búsqueda de trabajo en un viaje hacia la muerte.
Las investigaciones apenas comienzan. Todavía no existen sentencias ni conclusiones definitivas sobre las redes que habrían operado en Bolivia.
Pero detrás de los expedientes judiciales ya aparece una certeza humana. Cuando un país, como Bolivia, deja de ofrecer oportunidades a sus jóvenes, otros terminan ofreciéndoles riesgos. Y algunas guerras empiezan mucho antes del primer disparo. Empiezan cuando alguien acepta un empleo que nunca existió.

