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Fiestas de fin de año

Los seres humanos a diferencia de los animales estamos conscientes de la muerte; pero no sabemos cuándo vamos a morir, mas estamos seguros que nos iremos en algún momento de este mundo; y como no sabemos a dónde iremos a parar, nos inventamos mitos, historias, religiones como por ejemplo, la otra vida, la reencarnación, la existencia espiritual y la Navidad.
Esta última palabra saltó de su dimensión semántica a la mágica muchos años después que el Papa Liborio, instituyera el año 354, el 25 de diciembre como la fecha de nacimiento de Jesús. La razón cartesiana nos dice que la Cristiandad optó por esta fecha sobre la base de creencias paganas en torno al solsticio de invierno, que en el hemisferio norte se produce por estas fechas y en el hemisferio sur en junio. Tanto europeos y americanos sabían que a partir de esa realidad astronómica, las noches se van haciendo más cortas y en algún momento el sol volvía a recuperar su intensidad. Los pueblos precolombinos bolivianos lo llamaron el “willkacuti” (la vuelta del sol). Con mayores o menores conocimientos astronómicos, los pueblos antiguos percibían que a partir de ese momento -y dado que el sol era visto y sentido como fuente de vida- todo iba paulatinamente renaciendo. El solsticio de invierno era visto como el anuncio de la futura primavera, de la naturaleza renovada, del surgimiento de los frutos y de las mieses. Precisamente por estas razones, la fiesta del “Willkacuti” va a adquiriendo penetrando cada vez más en el imaginario popular.
En la interpretación mitológica de las realidades naturales, tanto en América como en Europa, el sol visto como Dios Sol renacía en cada solsticio de invierno. Tal renacimiento divino se solía producir a partir de una Diosa Virginal, con un niñito depositado en la cuna. No faltaron aparición de fenómenos celestes o ángeles anunciadores. Se produjeron nacimientos en pesebres con presencia de animales, pastores y magos que tributaban adoración. En Egipto, Horus y Osiris, de respectivas madres vírgenes, nacieron a fines de diciembre. En Grecia se dieron como mínimo tres casos: Adonis y Hércules nacieron el día equivalente al 25 de diciembre de los romanos, y ese mismo día nace Dionisios, también de madre virgen e identificado como el Salvador. `Por su parte, en Escandinavia el 25 de diciembre nace Frey, hijo de Odín y Frigia. En América, no hubo ni hay nacimientos parecidos.
La razón cartesiana anula la dimensión mágica de la Navidad, pero la fe, sustentada en las “verdades de razón” muy cercanas a la metafísica, convierte esta palabra en un recordatorio anual sobre nuestros límites y posibilidades humanas. Dicho de otro modo, en Navidad se cuenta cada año la historia más exitosa de la religión católica sobre el nacimiento del Niño Dios para recordarnos que somos seres humanos, antes que ciudadanos, personas, gobernantes, gobernados, famosos hechos a los dioses, y que nos necesitamos para convivir y tener sentido de existencia. Uno sin el otro, es nada, y el otro sin uno, también es nada, por una sencilla razón ontológica: cada uno de nosotros somos la prolongación de los otros y los otros la prolongación de nosotros.
Tras un tiempo de violencia, de golpes, de insultos, de agresiones, los habitantes de gran parte de la tierra hemos consensuado hace muchos años recordarnos, cada 12 meses, uno al otro que somos seres humanos, mortales, perecederos, porque todo aquel que nace, muere. Entonces, nos deseamos felicidades, sobre la idea de marcar un gran acuerdo con el mundo, con nosotros mismos y, fundamentalmente, con aquel otro que es muy diferente a nosotros, pero es tan esencial para ser coherentes con nosotros mismos.
Feliz Navidad y un gran 2010, lleno de rebeldía, como la de Jesús, rebeldía destinada a hacernos más humanos.

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