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Nombres

Andrés Gómez Vela
Quien pone nombres da existencia a las cosas. No necesariamente vida. Quien bautiza los hechos, cosas o personas, crea un sentido, ordena el mundo con sus palabras, otorga una identidad. No necesariamente identifica. Por eso, mamá y papá piensan anticipadamente en las palabras que usarán para nombrar a su hija o hijo durante toda su vida. En definitiva, bautizar es el ejercicio de usar el poder de la palabra para nombrar a alguien o a algo desde una cultura,  pero cambiar el nombre de alguien o algo que ya había sido nombrado es abuso de poder a través de la palabra para imponer una cosmovisión. 
Y así procedieron los españoles cuando llegaron a estas tierras y cambiaron los nombres de los lugares, de las personas, de los hechos, de los dioses. La palabra legitimó el abuso de poder de la espada, la pólvora. Entonces, decidieron cambiar, sin consultar a los dueños de estas tierras,  los nombres originarios, lo que era Chuquiago Marka decidieron llamarlo, , Nuestra Señora de La Paz; lo que era K`ochapampa, Cochabamba; lo que era Charcas, La Plata; lo que era Potojsi, Potosí; lo que era Uru Uru, Oruro. No conformes, cambiaron el nombre del continente Abya Yala por América. 
Y para aplastarlos el espíritu les cambiaron sus nombres (quechuas, aymaras, mojeños, tsimanes, mayas, aztecas) por uno despectivo; les robaron su identidad y les impusieron un sólo denominativo generalizador y discriminador: indios. Con este falso “gentilicio” los conocieron en el mundo entero. Con esta falsa identidad les erigieron una personalidad inexistente durante siglos. Con esa palabra les nombraron para borrarles su ser histórico. Pero nunca lograron aniquilar su espíritu indómito. Como indios los esclavizaron, como indios se liberaron. 
Hoy quieren reescribir su historia, quieren patentizar su identidad recobrada. Obvio que ya no son los mismos ni las mismas de aquella vez, sino algo mestizados y mestizadas, pero mantienen la esencia del alma que quisieron anularles. Y así se propusieron recuperar los nombres de sus espacios, cosas, hechos para reordenar el mundo compartido, para darle sentido al nuevo tiempo que se vive. Y así propusieron, ellas, “las bartolinas”, cambiar el nombre de la plaza principal de Chuquiago Marka por el de Bartolina Sisa, la heroína aymara que acompañó a su esposo Túpac Katari en el cerco a La Paz. 
Apenas escucharon ese nombre, algunos bolivianos se taparon los oídos y la mente, por el simple hecho de que durante siglos se habían familiarizado con nombres ajenos, incluso, a su cultura. Por ello no era sorprendente que el Aeropuerto de la ciudad más originaria de Bolivia, El Alto, haya sido nominado como John F. Kennedy.
Es verdad, Pedro Domingo Murillo, el héroe de la gesta paceña de 1809, cumplió los méritos suficientes como para que la Plaza de Armas de Bolivia, donde están el Palacio de Gobierno y el Legislativo, lleve su nombre, pero también es muy cierto que Bartolina Sisa no tuvo el chance de quedarse eternizada en un espacio como éste porque los historiadores de la República la registraron como una figura marginal. 
Cambiar nombres no necesariamente es cambiar la historia, pero puede significar hacer justicia histórica. Más en este caso, cuando a diferencia de aquella vez se pone en consulta a todos los habitantes de esta tierra la propuesta del nuevo nombre para este lugar donde arde la Tea de Murillo y corre la sangre de Bartolina Sisa. 
¡Qué complicado elegir entre dos figuras que han ofrendado sus vidas para que este suelo sea libre, incluso para discutir sobre la posibilidad de llamar con sus nombres un lugar emblemático! 

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