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Navidad, la historia exitosa

Detrás de cada líder, hay una gran historia. Por esta razón, el marketing político aconseja buscar a las personas con las historias más increíbles para lanzarlas a la arena política. Son cuentos que embrujan, masajean conciencias, marean inteligencias a tal punto que hasta la repetición deja de ser tediosa.
He aquí la virtud del catolicismo, que cada año nos cuenta el mismo cuento: el niño pobre que nace de María y José en un pesebre, rodeado de animales; un niño que luego se convierte en un gran predicador, un mago de la palabra, el mejor orador de todos los tiempos de la humanidad; un extraordinario líder político (para unos), simplemente el hijo de Dios (para otros) o el Dios humanizado (para algunos).
Esta historia, repetida desde hace casi dos mil años, es exitosa por lo sorprendente, por la admiración que despierta el hecho que el hijo de una campesina y un carpintero llegue a ser tan sabio. No hubiera sido tan maravillosa si el bebé Jesús hubiera nacido en una cuna de oro y hubiera tenido las comodidades de un niño rico.
La tradición fue institucionalizada unos 300 años después de Jesús por el Papa Liberio, quien de manera arbitraria fijó la fecha de Navidad el 25 de diciembre, tras haber analizado que, en aquel tiempo, era el día principal de los festejos paganos que saludaban, con bastante vino y diversión, el “renacimiento” del sol europeo en el momento más crudo del invierno del hemisferio norte de la Tierra (era el Willka Kuti europeo).
Desde entonces, nos cuentan una sola parte de la historia y nos esconden la otra, aquella que se refiere al Jesús que tenía cuatro hermanos y dos hermanas y que a sus 30 años organiza un movimiento social con un grupo de apóstoles y apóstolas (según la Biblia no vaticanizada) y se lanza a hacer un trabajo político: liberar a los pobres, a los deudores (por eso el original del Padre Nuestro dice: “perdona nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores); a los sin tierra, sin techo, a los despreciados, a los excluidos y excluidas; a tal punto de ser crucificado a sus 33 años por predicar contra los poderosos y privilegiados de su tiempo y no creer (ateo) en los dioses del Imperio Romano. Si no hubiera sido tan rebelde y contestatario, seguro que hubiera llegado a ser un buen sacerdote de su religión, hubiera sido parte de la cúpula, tal vez un cardenal (si ya hubiera existido ese cargo) y hubiera vivido hasta viejecito.
Esta rica historia de un ser tan extraordinario nos cautiva cada diciembre y humaniza desde los más poderosos hasta los más olvidados por Dios, quienes, al menos por estos días, se tratan como hermanos (como ya habían predicado mucho antes de Cristo los filósofos estoicos, cínicos, epicúreos). Pasada la euforia navideña el desprecio por el otro vuelve con la misma intensidad de la barbarie.
Por hoy me quedo con la visión de Navidad de mi Mamá: “ha nacido el Niño Manuelito y nos ha traído un solo regalito: salud para nuestra familia, porque si estamos sanitos todo se puede en la vida, hasta lo imposible”. Con la distancia del tiempo, caigo que eran sus trucos para gambetear la pobreza y alejarnos del mundo consumista, que ha convertido esta fecha en el passwoord de la desigualdad.
La Navidad, viéndola desde el lado comercial, es una fiesta deprimente porque refleja los millones de pocos en contraste con la miseria de millones (200 millones de personas en Latinoamérica y seis millones en Bolivia), pero, paradójicamente, sirve para recargar fuerzas y enfrentar a los causantes de las injusticias que hacen lo imposible para que millones de niños sigan naciendo en pesebres.

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