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“Mi sueldo alcanzaba para dos rollos de papel higiénico” (la venezolana que llegó a Bolivia en 14 días) 

A ella no le gusta hablar de política a la hora de las comidas. Deduzco que es porque “comía” a diario discursos políticos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro antes de dejar Venezuela. Su nombre es Yolanda Quinán de Romero y llegó a Bolivia hace cuatro meses, después de 14 días de viaje.
Hoy, trabaja en un hotel de La Asunta, Sud Yungas, La Paz. Cuando habla de su pasado reciente, mira a la nada con melancolía como si sus ojos proyectaran en su mente imágenes tristes.
La suerte de Yolanda no se asemeja a la patética desventura de Gregor Samsa, que despertó, de una noche a la mañana, transformado en un insecto (Franz Kafka, La metamorfosis). Su empobrecimiento y de sus connacionales no fue súbito, sino paulatino.
Vino a Bolivia porque ya era insoportable la crisis económica, social y política que abate desde hace años su país y porque tiene un familiar aquí.  En resumen: huyó del futuro de miseria.
Yolanda, de agradable trato, prefiere quedarse con sus recuerdos de antes del chavismo, de cuando  tenía una “vida plena” con sus tres hijos y su esposo; de cuando podía salir a pasear, viajar y elegir lo que quería comer.
Su pasado feliz abarca incluso los primeros años de Chávez, cuando todavía desayunaba un sandwich de huevo, tocineta, queso, jugo; cuando almorzaba sopa y segundo que podía ser chuleta, arroz, espagueti o pollo. Y cuando, por supuesto, cenaba.
En esos días de “vida plena”, tenía un trabajo fijo y un sueldo mensual que oscilaba entre 200 a 250 dólares. Su marido, Operador de redes eléctricas, también gozaba de un ingreso mensual que superaba los 300 dólares.
Pasado el apogeo del chavismo, cuando aún Hugo Chávez gobernaba Venezuela, Yolanda y millones de venezolanas comenzaron a sufrir ajustes en sus bolsillos con “metástasis” en sus estómagos y el futuro de sus familias.
Ya no se podía viajar. Ya no se podía elegir la comida. Ya no se podía divisar futuro. Y se “comía” más discursos de dignidad socialista y antiimperialismo que carne, pollo o arroz.
Hasta que un día, de eso hace seis años, Yolanda terminó por fijar una sola prioridad: la comida. No para alimentar a su familia tres veces al día, como en los buenos tiempos, sino para sobrevivir, para “medio-comer”.
Después de tanto tiempo, aún no sabe cómo se produjo un cambio tan rotundo en su existencia, pero sí sabe cuándo comenzó: con Chávez; y cuándo se terminó de fundir: con Maduro. 
Busco los ojos de Yolanda cada vez que escucho una mezcla de impotencia y rabia en su voz, pero ella casi siempre se queda mirando más allá del horizonte, donde supongo que ve a los suyos.
Repitió varias veces que su sueldo, antes de la “Revolución Bolivariana”, era algo más de 200 dólares; antes de que deje su patria, apenas llegaba a siete. Hoy le informaron que el promedio salarial en Venezuela ronda los cinco dólares, suma que apenas alcanza para comprar dos rollos de papel higiénico o un kilo de arroz.
Se me hizo un nudo en la garganta cuando Yolanda narró, fuera de equipos de grabación, cómo las familias aprendieron a gambetear al estómago: primero, si desayunaban y almorzaban, no cenaban; luego, si almorzaban, no desayunaban ni cenaban. Hoy ya ni eso se puede hacer, se come una sola vez.
La alimentación se ha reducido a Yuca con mantequilla, mañana, tarde y noche. Hay familias que comen meses enteros los mismo porque no alcanza para pollo, arroz o pasta. Yolanda calla otra vez y me percato que piensa en sus hijos, en los niños que sufren las peores consecuencias.
Ella tiene tres hijos y no quiso que sobrevivan inyectándose suero. Para evitar ese drama, dejó a su familia, su país; hoy alimenta el futuro de los suyos desde el extranjero.
En La Asunta, tiene un sueldo de Bs2.500. Le alcanza como para enviar unos dólares a su país.
A Yolanda no le gusta hablar de política durante las comidas, pero sí después o antes para contar el fracaso del Socialismo del Siglo XXI desde su propia experiencia de vida.

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