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Diciembre
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Opinión

Diciembre 

Por: Ana Rosa López Villegas

Mientras pensaba cuál sería el mejor tema para la columna de hoy, pasaron por mi cabeza varias ideas. La primera fue la de analizar la importancia que la exsenadora masista, Eva Copa ha ganado en el último tiempo, aun estando alejada del poder legislativo. Estoy segura de que, aunque no esté activa desde un curul en este momento ni tenga el poder que tuvo hasta hace poco más de un mes, todavía escucharemos hablar de ella en el futuro. Y ojalá que no sea solamente por las denuncias de acoso que tiene interpuestas en contra del actual ministro de gobierno, Eduardo del Castillo; su correligionario político. Sí, el mismo del Castillo que hace unos días afirmó que los periodistas no deben preocuparse por el impuesto a las grandes fortunas porque a ellos “no les alcanza”.

El tributo está destinado a las personas que posean un patrimonio mayor a 30 millones de bolivianos. Me pregunto si el ministro tendrá al menos un asesor de comunicación y prensa que sepa orientar sus inexpertas expresiones y apaciguar sus exabruptos y espero que de ser así, se trate de un periodista que reciba un salario respetable para un trabajo honesto y dedicado. El todavía flamante ministro en las lides públicas se desempeñó antes como oficial mayor de la cámara alta, todo un salto profesional sin escalas y nada menos que a uno de los cargos más importantes y difíciles del gabinete ministerial.

Otra de las ideas que anduvo dando vueltas por mi cabeza fue el colorido caso del ahora exministro de desarrollo rural y tierras, Wilson Cáceres. ¡Qué entuerto tan peliagudo, señor Cáceres! Sin entrar en los engorrosos detalles que ya fueron ampliamente difundidos por los medios de comunicación, el caso ha revelado una vez más el carácter de conventillo que el gobierno actual posee y que no es ni más ni menos, quizá MÁS, que la herencia del régimen de Evo Morales. Los vergonzosos casos en los que estuvieron involucradas Gabriela Zapata y la joven Noemi Meneses sirven de muestra. Pero bueno, Evo recibió -en persona- la bendición del Cardenal Toribio Ticona, nada menos. Seguramente él tiene la certeza de que sus pecados ya le fueron perdonados. En todo caso, el estado es laico y el que sabemos ya no es presidente, así que las indulgencias que reciba son su asunto privado y las vestiduras del santo hombre que lo bendijo están lejos de ser azuladas, ¿o no? ¿Y hay que callar las fuertes denuncias de pedofilia y pederastia que recaen sobre él? Por su puesto que no habría que hacerlo, pero nos encontramos nuevamente ante la frustrante situación de una justicia altamente politizada, nada ciega y por el contrario oportunista y convenenciera que tiene sus propios parámetros de ecuanimidad.

Antes de decidirme por alguno de estos temas que hacen tan entretenido al gobierno de Luis Arce y David Choquehuanca, mandatarios independientes y soberanos, pensé también en el significado de este mes. Diciembre, el último del año y no de uno cualquiera. Se trata de los últimos días de un año que jamás olvidaremos y no solamente los bolivianos, sino todos los habitantes del planeta. Cada uno tiene una historia que contar, una anécdota que recordar o una tristeza que llorar. El virus nos ha hecho habitar nuestras casas más de lo que nos hubiésemos imaginado y quien no haya aprovechado este tiempo para conocer más a fondo todos los rincones de su casa, ha perdido una oportunidad que esperamos nunca se repita.

Ahora tenemos barbijos puestos o tirados en todas partes de la casa. Nos preocupamos de llevar uno en el bolsillo. Si antes volvíamos con prisa para recoger el celular olvidado, ahora nos toca hacerlo para buscar el tapabocas, porque se ha convertido en una especie de llave que nos permite acceder a los lugares a los que antes entrábamos despreocupados, tranquilos, sintiéndonos dueños de nuestra libertad y del pedazo de espacio que nos correspondía ocupar frente a otras personas.

El distanciamiento físico al que nos hemos atenido y que todavía debemos respetar ha sido sustituido por un acercamiento virtual asombroso. Antes no nos era posible participar en tantas actividades en un mismo día o en una misma semana. Las nuevas tecnologías de la mano del internet nos han permito asistir a encuentros, conversatorios, talleres, charlas, congresos, simposios, reuniones de todo tipo y en todas partes del mundo. Las fronteras físicas se convirtieron en puentes digitales y el virus no pudo contra ellos. El mundo cambió su modo presencial y se hizo pequeño y accesible para grandes y chicos.

Por otro lado, este año muchas familias perdieron a sus seres queridos a causa del virus, otras tantas rozaron la pobreza por la falta de trabajo, algunos padecieron las consecuencias del encierro, especialmente las mujeres y las niñas que se vieron forzadas a confinarse bajo el mismo techo de sus agresores. La soledad y la enfermedad se fundaron en un solo sentimiento de angustia y de abandono. Quienes quedan para contar lo que se ha vivido pueden considerarse sobrevivientes de un año que superó las barreras de la imaginación y nos hizo transitar la ciencia ficción sin avisarnos.

El mundo es otro. Hemos cambiado. El futuro queda invariable, porque llegará dentro de poco. Algunos lo bautizarán como 2021, otros como un día más de vida que ganar o como un tiempo de esperanza en el que debemos buscarnos como personas que forman parte de una misma comunidad. El asunto es no mirar atrás, abrir las puertas de la reconciliación y la solidaridad, y cerrar las del egoísmo y la discriminación. Diciembre ha llegado para cerrar una etapa que no podremos olvidar, pero que nos permite reinventarnos y avanzar.

Ana Rosa López es Comunicadora social

Twitter: @mivozmipalabra

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