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Celulares y charangos 

Andrés Gómez Vela

Tocar el charango entre los 12 y 15 años significaba la graduación para pisar la vida social nortepotosina. La sombra pública crecía si tus dedos danzaban sobre las cuerdas de una guitarra creando melodías. Y si, encima, pulsabas el acordeón entre pliegue y despliegue o hacías mugir el saxofón, ¡por Dios!, tenías el pasaporte a todas las fiestas. Eran tiempos cuando no había electricidad ni televisión, sólo radio a pilas, que eran recalentadas al sol para que duren unas horas más.

Las fiestas eran amenizadas con instrumentos que no necesitan de electricidad para hacer ondular y vibrar los cuerpos de bailarines y bailarinas. Cada noche, solíamos reunirnos los amigos en la plaza y casi siempre había charangos y guitarras, nos llamaban “los esquineros” porque nos apostábamos en las esquinas para interpretar las melodías de cada época con una determinada afinación.

Apenas pasaba Navidad el charango de cuerdas de acero se tocaba en temple Diablo para esperar al Carnaval y bailar pasacalles y taquipayanacus eróticos y picantes, melodías que llaman a la lluvia para tener una buena cosecha. La noche de Viernes Santo, cuando el mundo se queda sin Dios, cambiábamos del Diablo al Quinsa Temple para celebrar el primer Tinku esa misma noche. Las kjalampeadas convocan al frío para hacer chuño. En San Mateo, 21 de septiembre, el charango transita del agudo Quinsa Temple al flojo Falso Natural o Natural para dar la bienvenida al tiempo de siembra. La música caminaba y aún camina al ritmo de la naturaleza.

Si algún desubicado tocaba el Tinku (no el estilizado sino el que bailamos en la fiesta de La Cruz, el 3 de Mayo) en plena Navidad, el primero que te escuchaba te podía denunciar o te pedía cambiar la afinación de tu charango para evitar que llegue una helada o granizada y arruine la cosecha.

Ya sea pastando ovejas, vacas, caballos, mulas o burros, la competencia entre llokjallas por aprender a tocar el hualaycho era aguerrida y sin concesiones. Quinceañero y charanguero ya podías graduarte de intérprete de almas alegres. Era una obligación social tocar un instrumento y una necesidad, pues como no había electricidad, sólo podías divertirte haciendo música con tus propias manos, no había tres en uno (equipo de sonido) que funcione.

Obvio, los tiempos han cambiado, es la era del celular, que no solo es un teléfono, sino el nuevo instrumento de conexión social o el nuevo medio de comunicación por donde pasan mensajes de amor, noticias, chismes, hasta transacciones económicas. Sí, y los charangos y las guitarras son reemplazados por este aparatito. “Los esquineros” de hoy se encuentran para alardear su celular y escuchar las canciones que tienen en su 10 en uno. Parecen reunidos, pero en realidad cada quien está en su mundo, ya sea chateando o hablando.

Pensé que había triunfado el celular, hasta que un día, los jovenzuelos programaron un gran baile con equipos de sonido. Faltando una hora para la fiesta, se fue la electricidad sin previo aviso casi por 12 horas. En ese momento se notó la gran diferencia entre las generaciones de las cuerdas y del celular. Los primeros se divertían sin electricidad, titilaban los charangos, acompañados por los opacos sonidos de las guitarras. En otro lado sonaban armoniosos acordeones, saxos y baterías. Los segundos permanecían sin saber qué hacer, esperando que vuelva la electricidad, mientras el Año Nuevo se iba y el Carnaval también.

Ese hecho sacudió a la generación del celular, que pretendía reemplazar al charango. Desde ese día comencé a ver a muchos adolescentes aprendiendo a dialogar armónicamente con los instrumentos nortepotosinos para no quedar más en silencio cuando se vaya otra vez la electricidad. Decidieron no depender de la tecnología, sino de su habilidad y graduarse como interpretes de espíritus libres.

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