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Brasil

La historia cuenta que el primer Imperio de la humanidad lo erigió Alejandro “El Magno” sobre el mundo conocido de aquel entonces. Lo sustituyó el Imperio Romano, cuya leyenda cuenta que duró 12 siglos y se comió prácticamente toda Europa. Le siguió el Imperio Español, que extendió sus fronteras fuera de su continente. Casi paralelamente se levantó el Imperio Británico que dominó gran parte del mundo sobre la base de la primera revolución industrial.
Hoy hay un imperio cuyo final lo vaticinan cada día sus detractores, Estados Unidos, que a estas alturas no muestra ningún signo de agonía, sino de fortaleza, al menos bélica. Ha sido y es la primera potencia fuera del Continente europeo. Sin embargo, como pocas veces en la historia, en este momento hay otros aspirantes a imperio, China, India y  Brasil.  Esto significa que el planeta va camino de  la multipolaridad y todos con un mismo sistema económico: el liberalismo, el libre mercado, aunque algunos con mayor presencia del Estado en la regulación.
Brasil crece a pasos agigantados y lo tenemos al lado, como México a Estados Unidos. En un principio me daba tranquilidad que Brasil crezca y se consolide como un bloque que puede frenar los desmanes del Imperio más despreciado y atacado por el gobierno del MAS. Pensaba que se podía constituir en una potencia equilibradora y protectora de Sudamérica frente a cualquier otro interés externo a la región.
Pero desde hace algún tiempo me intranquiliza por ciertos indicios que circulan en la agenda pública y me intranquiliza más porque el gobierno antiimperalista no se percate del espíritu imperial del ya poderoso vecino.
Cifras oficiales señalan que alrededor de un millón de hectáreas de tierras bolivianas está en manos de extranjeros, entre ellos brasileños, cuyo gobierno, obviamente, no permitiría que sean expulsados o tocados sus intereses pese a que una de las demandas de la cumbre de los movimientos sociales fue precisamente evitar la enajenación de este recurso estratégico a fin de alcanzar soberanía y seguridad alimentaria.
En la misma lista sacralizada está Petrobrás, cuyos intereses hidrocarburíferos no fueron afectados con contundencia por la “nacionalización”. También figura la carretera por el TIPNIS, aunque en el mundo diplomático se comenta que no es de prioridad porque Brasil ya tiene dos corredores bioceánicos.
La dimensión brasileña ha sido reconocida por Estados Unidos, razón por la cual decidió firmar un acuerdo antidroga con Bolivia, pero teniendo como actor principal al país vecino que, según informaciones públicas, se ha convertido en el principal mercado de la droga producida en territorio nacional.
Debido a este nuevo contexto, el gobierno debiera considerar al Brasil en la dimensión que tiene y no resignarse a una embajada casi destartalada y menos profesar apego o excesiva dependencia, pues, los imperios suelen tener el espíritu innato de avasallar al pequeño; y Dilma no es Lula.
Calculo que dentro de un tiempo puede ser una amenaza si Bolivia no toma previsiones para evitar parafrasear al presidente mexicano Porfirio Diaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”; en este caso sería: “Pobre Bolivia, tan lejos de Dios y tan cerca de Brasil”.
La experiencia enseña a no depositar todos los huevos en una sola canasta sino equilibrar las relaciones con otras potencias emergentes como China, India y prever políticas externas con un país que tiene intereses subrayados en Bolivia y ha comenzado a convertirse en el último tiempo en uno de los nuevos destinos de los migrantes bolivianos.
Bolivia no puede alejarse de la región para no estar tan cerca de Brasil, pero sí puede trazar ciertas líneas para estar cerca de Brasil y cerca de Dios o cerca de Dios y lejos del alcance peligroso de Brasil. Ampliaré este tema en otro momento.   

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